IGLESIA MISIONAL | Personas, no edificios
Por Leonardo Gonçalves
En Efesios 2.13,14, está escrito que Dios compró la iglesia con su propia sangre. Creo que no necesitamos ser expertos en exégesis para concluir que Cristo no murió en la cruz para adquirir para sí un edificio. Aquel que no habita en templos hechos por manos compró para si hombres y mujeres de toda raza, tribu y nación. Estas personas (y no el edificio y su mobiliario) constituyen la verdadera iglesia de Cristo.
Parte del problema misionero contemporáneo está en el hecho de que dejamos de ser iglesia para ir a la iglesia. Cuando la iglesia dejó de ser aquello que somos para transformarse en el lugar a donde vamos, ella perdió vida. De un organismo vivo y radiante, se convertíó en un edificio frío, inmovil, impersonal. La razón porque la iglesia perdió su poder de impacto es sencilla: edificios no transforman el mundo. Edificios no lideran revoluciones.
Si la premisa anterior es correcta, entonces podemos suponer que parte de la solución para el problema misionero en occidente está en rescatar el verdadero sentido y praxis de la iglesia, esto es, la iglesia necesita dejar de ser el lugar adonde asistimos para transformarse en aquello que somos. Al hacerlo, rescatamos la iglesia de su irrelevancia geográfica y la re-posicionamos en aquel lugar de donde nunca debió salir: "el convivio de las personas". Y es allí donde se da la misión.
La iglesia fue diseñada para ser un cuerpo vivo. Nosotros sustituímos cuerpo por hormigón y ahora estamos cosechando lo que sembramos
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